CARTA ABIERTA DE LAS BLACK WOMEN’S BLUEPRINT A LA SLUTWALK (“Marcha de las putas”)

24 nov.

Nosotras, las abajo firmantes, mujeres de ascendencia africana y activistas de obediencia no violenta, investigadoras, responsables de distintas organizaciones o corrientes de pensamiento queremos dirigirnos a la SlutWalk (“Marcha de las putas”, “Marche des salopes”). En primer lugar, querríamos felicitar a sus organizadoras por su movilización, audaz y amplia, para poner fin a la vergüenza y la culpabilidad de las víctimas de agresiones y malos tratos. Nos sentimos orgullosas de vivir un momento en que los y las jóvenes tienen la oportunidad de participar en actos extraordinarios de resistencia contra la opresión de las mujeres, desafiando los mitos que confortan la cultura de la violación.

Las palabras del policía de Toronto, que desencadenaron la primera SlutWalk, sirvieron para trivializar, omitir y negar la experiencia permanente de la explotación sexual, de las agresiones y la opresión que sufren las mujeres. Constituyen un ataque contra nuestra conciencia colectiva. Negar una violación u otras formas de violencia contra el cuerpo de una mujer, invocando como excusa su vestimenta, su comportamiento en el trabajo, su adicción a las drogas, su clase social, y – cuando su cuerpo es de color negro o moreno -, su raza, nos lleva a reafirmar con claridad que ninguna mujer merece ser violada.

Lo que cuestionamos

Estamos profundamente preocupadas. En tanto que mujeres y jóvenes negras, no encontramos ningún espacio para nosotras en la SlutWalk. Ningún espacio inequívoco para denunciar la violación y las agresiones sexuales tal como nosotras las hemos experimentado. Estamos perplejas ante la utilización del término “guarra” (slut; en el caso del Estado español, la adaptación ha sido “puta”) y las implicaciones de esa palabra; es algo así como si dijéramos que hay que recuperar la palabra “perra” o “negrata”. La manera en que se nos percibe y lo que nos pasa, antes, durante y después de una agresión sexual va mucho más allá de la forma de vestir. Se trata de algo muy estrechamente vinculado con nuestra particular historia. En los Estados Unidos, la esclavitud y el Jim Crow (secuestros, violaciones, linchamientos y falsas representaciones de género) en combinación, mucho más recientemente, con la lucha de las mujeres emigrantes negras, han dado forma a nuestras sexualidades femeninas negras: la palabra “guarra” (o “puta”) hace eco a distintas vivencias propias de las mujeres negras. Nosotras no nos reconocemos, ni vemos reflejadas nuestras experiencias en la SlutWalk, sobre todo en su enunciado y su etiqueta.

 

En tanto que mujeres negras, no tenemos el privilegio ni el espacio para llamarnos “perras” sin validar una ideología históricamente arraigada y un discurso recurrente acerca de “qué” y “quién” es la mujer negra. No tenemos el privilegio de incidir sobre las representaciones destructivas, grabadas a lo largo de generaciones en la conciencia colectiva, acerca de nuestros cuerpos y nuestras almas. Aunque entendemos el impulso positivo que hay tras el uso de la palabra “puta” como una expresión provocadora para hacer visible un movimiento de rechazo hacia la violación, nos sentimos muy preocupadas. Para nosotras, la banalización de la violación y la falta de justicia se entrelazan estrechamente con el discurso destinado a controlar nuestra sexualidad y negar nuestra humanidad y, por lo tanto, nuestro legítimo derecho a reclamar justicia. Todo ello está ligado a la ideología institucionalizada que hace de nuestros cuerpos meros objetos sexuales, propiedades, o incluso imágenes de una sexualidad y una apetencia desviadas. Está ligado a la idea corriente según la cual nuestros cuerpos, vestidos o desnudos, pueden ser violados, en un mercado de esclavos, en las plantaciones de algodón o en una pantalla de televisión. La aceptación de especulaciones “intelectuales” permanentes, consistentes en preguntarse “lo que quiere la mujer negra”, “lo que necesita” o “lo que se merece”, ha permitido durante mucho tiempo rebasar los límites de las simples hipótesis acerca de nuestra manera de vestir.

Sabemos que la SlutWalk es un llamamiento a la acción y así lo hemos entendido. Sin embargo, no nos atrevemos a tomar la decisión de responder a este llamado, porque significa unirse a algo, apoyar algo cuyo propio nombre ilustra la manera en que los movimientos de mujeres “normales” (= “blancas”), en varias ocasiones a lo largo de la historia, han excluido a las mujeres negras, incluso de aquellos ámbitos en que nuestra participación debería haber sido central. Nos preguntamos por qué, cómo y a qué nivel se sigue produciendo este bloqueo: ¿cómo puede ser que un movimiento basado en los Estados Unidos no haya incluido sustancialmente a representantes de las mujeres negras a la hora de denunciar la cultura de la violación en la preparación de la SlutWalk?

Las mujeres negras no sólo han trabajado sin descanso desde la época de los clubes de mujeres de color del siglo XIX para extirpar de la sociedad expresiones comunes sexistas y racistas como “puta”, “guarra”, “calentona”, “negraza” o “pedazo de ébano”, sino también para construir nuestras propias identidades y representaciones, por y para nosotras mismas, para redefinir quienes somos. Aunque apoyamos firmemente el derecho de toda mujer a vestirse como quiera, cuando quiera y a ir donde le apetezca, no tenemos el privilegio de poder caminar por las calles de Nueva York, Detroit, Washington, Atlanta, Chicago, Miami o Los Ángeles en el marco de una SlutWalk. En efecto, no podemos caminar, ya sea tapadas de la cabeza a los pies o con falda corta, autodenominándonos “putas”… y pensar que eso reforzará la seguridad de las mujeres de nuestras comunidades. Dentro de una hora, de un mes o de un año. Además, no queremos crear confusión entre nuestras hijas haciéndoles creer que podemos reivindicarnos como “guarras” cuando estamos combatiendo la expresión “putón”, que viene de “puta”, o la palabra “perra” con que pretendían deshumanizarnos. No queremos animar a nuestros jóvenes negros, a nuestros padres, a nuestros hijos y a nuestros hermanos a “putear” la identidad de las mujeres negras, trivializando ese término, luciéndolo en camisetas, adhesivos y folletos.

Lo personal es político. Para nosotras, el problema de la banalización de la violación y la falta de justicia están estrechamente relacionados con la raza, el género, la sexualidad, la pobreza, la inmigración y la comunidad. Como mujeres negras en Estados Unidos, debemos tener cuidado de no olvidar esto a fin de evitar una identificación que puede destruirnos en vez de liberarnos. Es sólo una palabra, pero no podemos permitirnos que nos etiqueten con ella: no podemos reivindicar la retórica deshumanizante utilizada contra nosotras, sea en el movimiento que sea. Aprendiendo de los grandes movimientos, como el movimiento en favor de los derechos civiles, del derecho al voto para las mujeres, del nacionalismo negro y de los movimientos feministas negros podemos construir un cambio real sin recurrir a palabras arcaicas que, desde el principio, nunca fueron las nuestras, sino que nos fueron impuestas a través de un proceso de deshumanización y devaluación.

Lo que pedimos

Hermanas de Toronto, la violación y la agresión sexual constituyen armas radicales de opresión, y pensamos que son necesarias personas y estrategias igualmente radicales para contrarrestarlas. En ese sentido, porque hay mucho trabajo por hacer y grandes posibilidades para llevarlo a cabo juntas, pedimos que la SlutWalk sea todavía más radical y rompa con todo aquello que ha significado históricamente la negación de las mujeres negras y de sus necesidades particulares, de sus luchas propias y su potencial específico, o aún de su contribución al feminismo y a todos los demás movimientos.

En Estados Unidos, las mujeres son racial y étnicamente diversas. Cada opción táctica para conquistar derechos civiles y humanos no sólo debería suscitar una “consulta” de las mujeres de color, sino que debería ser discutida poniendo en el centro de nuestras preocupaciones todas las experiencias colectivas y comunitarias, tanto para su puesta en marcha como para el desarrollo y el mantenimiento del movimiento. Pedimos que la SlutWalk tome medidas radicales para dar a conocer la historia de la gente de color y que incorpore mujeres de color, respetando nuestra cultura, nuestro lenguaje y nuestra posición particular.

Pedimos que la SlutWalk se plantee emprender un proceso de reformulación de su nombre y no creemos que, dada la actual popularidad de la marcha, sus miles de partidarias vayan a abandonar el movimiento sólo porque cambie su “etiqueta”.

Pedimos que las organizadoras de la SlutWalk adopten también otras medidas para poner fin a la trivialización de la violación a todos los niveles de la sociedad. Debemos encontrar formas de poner fin al uso de la palabra “violación” como si se tratara de una metáfora, así como al uso de un lenguaje destinado a deshumanizar y devaluar; es decir, el lenguaje que ha sido concebido para perpetuar las estructuras racistas y sexistas.

Con la idea de construir un movimiento revolucionario para poner fin a las agresiones sexuales, a los mitos sobre la violación y a la cultura de la violación, pedimos que la SlutWalk se desarrolle a través de un auténtico y genuino esfuerzo de solidaridad, promoviendo movilizaciones que vayan más allá de la propia marcha. Es necesario desarrollar un enfoque más crítico, diseñar un plan estratégico para sostener un movimiento a largo plazo. Un movimiento que reagrupe a las mujeres que exigen el respeto a la integridad física de todos los seres humanos en cada país, en el seno de cada comunidad, en cada familia, para que atruene un NO colectivo a la violencia contra las mujeres.

Estaríamos encantadas de reunirnos con las organizadoras de la SlutWalk para discutir su potencial intrínseco, visible a través de su desarrollo global y la gran cantidad de participantes que, de forma dinámica, ha ido agrupando. Estaríamos encantadas de participar en un intercambio crítico con las organizadoras de la SlutWalk acerca de las estrategias a implementar para estar a la altura de las responsabilidades que requiere la participación de miles de mujeres y hombres de Brasil, Nueva Delhi Corea del Sur y otros lugares. Porque esas y esos manifestantes que han vuelto a sus comunidades respectivas siguen necesitando seguridad e ingresos para vivir. Estaríamos encantadas de discutir el trabajo futuro y cómo puede hacerse en colaboración con los diferentes grupos, por encima de las fronteras, para poner fin a la violencia sexual.

En tanto que mujeres de color, situadas en la intersección de la raza, el género, la sexualidad, la clase y de muchas cosas más, seguiremos trabajando incansablemente para desmantelar los sistemas de opresión, cuyos objetivos inaceptables dificultan la vida diaria. Vamos a seguir luchando por el desarrollo de políticas e iniciativas que den prioridad a la prevención primaria de las agresiones sexuales, desde el respeto alas mujeres y a sus derechos individuales, y respetando igualmente las mediaciones y las libertades, al tiempo que considerando como delincuentes a los responsables de tales violencias. Exigiremos sistemáticamente justicia, ya sea apoyándonos en le derecho gubernamental o en el comunitario, e incluso mediante estrategias internas en las comunidades que aquellas que han sido agredidas, y seguiremos organizándonos para detener los abusos sexuales hacia las personas de todos los orígenes, todos los géneros, todas las sexualidades, todas las razas, todos los grupos étnicos y todas las historias.

(Traducción: “Dones d’Enllaç”)

(Font: http://www.blackwomensblueprint.com/index.php/an-open-letter-from-black-women-to-the-slutwalk/)

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