De la abolición la esclavitud a la abolición de la prostitución

22 gen.

Sylviane DAHAN – 22/01/2013

También publicado en Público (30/021/2013)

dali

“Abraham Lincoln” de Salvador Dalí

La llegada a las pantallas de “Lincoln”, la última realización de Steven Spielberg, propicia un buen número de debates y reflexiones. Y es que una mirada retrospectiva sobre la guerra civil americana y el punto de inflexión, decisivo para el curso de la historia, que supuso la abolición de la esclavitud, nos proyecta, por sorprendente que pueda parecer, hacia los conflictos y dilemas sociales de nuestro tiempo.

La película tiene sus méritos indiscutibles – formidables interpretaciones, firme dirección, recreación de la época… – y también sus limitaciones. Dejemos que los críticos cinematográficos desmenucen la obra. Por cuanto a las carencias se refiere, podemos remitirnos al excelente artículo del profesor Vicenç Navarro (*) acerca de lo que no se dice de Lincoln en la película, silencio que proyecta una imagen incompleta, sesgada y condicionada ideológicamente del personaje. La historiografía oficial americana, finalmente dominada por los intereses y la visión de las cosas que las grandes corporaciones han ido imponiendo al conjunto de la sociedad, ha ocultado, hasta hacer caer en el olvido completo, la radicalidad democrática y social del pensamiento de Lincoln, influenciado por un socialismo utópico en plena ebullición en Europa – y cuya emigración obrera fecundaba las tendencias más avanzadas de la política americana, especialmente en las filas del Partido Republicano, lejos aún de convertirse en el feudo de la derecha más recalcitrante que hoy conocemos. La AIT, la Primera Internacional de Marx y Engels, nos recuerda oportunamente Vicenç Navarro, brindó su apoyo a Lincoln en su esfuerzo progresista por acabar con la esclavitud. Y es que esa fue una de las grandes epopeyas emancipadoras del siglo XIX, como lo fueron la lucha por la democracia política en Europa o la insurrección de la Comuna de París. La preeminencia ideológica de las fuerzas conservadoras ha desdibujado, en América como en el viejo continente, la proyección y la vigencia de tales acontecimientos en el destino de las nuevas generaciones. Bueno es, por lo tanto, que una voz autorizada nos lo recuerde.

Ciertamente, ese déficit contribuye a esbozar una imagen por momentos un tanto mística de Lincoln. Sin embargo, la película merece ser vista. La fuerza del personaje trasciende esos límites. Y los propios hechos narrados – la compleja lucha política a través de la cual Lincoln consiguió del Congreso un ajustadísimo voto favorable a su 13ª enmienda constitucional, aboliendo formalmente la esclavitud – constituyen una impagable lección de materialismo y de política transformadora.

En efecto, el relato se concentra en un episodio crucial de la contienda. El Sur está exangüe; el final de la guerra, con un resultado favorable al Norte, es cuestión de pocos meses – aunque de no pocas víctimas todavía. Lincoln, reelegido presidente, plantea entonces un problema de gran calado. Algo más de dos años antes, por decreto, había liberado a los esclavos bajo dominio de los rebeldes sureños: un acto de guerra crucial, que había movilizado a miles y miles de negros, enrolados bajo la bandera de la Unión. Pero esa “confiscación de los bienes del enemigo” no equivalía a una abolición definitiva de la esclavitud. Y ahí estuvo la grandeza de miras y el papel revolucionario de Lincoln, absolutamente irremplazable en aquella encrucijada: hacer irreversible la abolición forzando un voto del Congreso – la enmienda pasó por los pelos, después de mil maniobras y presiones individuales sobre republicanos y demócratas. El fin de la guerra podía traer toda clase de componendas entre las clases adineradas del Norte y del Sur, y la población negra y sus aspiraciones ser moneda de cambio. Para Lincoln, la democracia era incompatible con la esclavitud. El esfuerzo bélico del Norte lo había sostenido una cierta alianza social entre granjeros enemigos de las plantaciones sureñas, obreros y una burguesía industrial en plena expansión.

Pero la historia está repleta de bifurcaciones. Nada está predeterminado y sólo el desarrollo concreto de los antagonismos, condensados en momentos nodales en la lucha política, acaba decidiendo el curso de los acontecimientos. El voto de la enmienda estuvo en un tris de perderse. Porque una cosa era abolir la esclavitud… y otra la igualdad de derechos a la que acabaría abriendo la puerta. La situación podía bascular en un sentido o en otro. Las clases pudientes de Inglaterra eran favorables al comercio con los Estados Confederados, mientras que el movimiento obrero inglés, alemán o francés sentía como propia la causa de la libertad americana. Nada estaba decidido de antemano.

“Nuestra sociedad no está preparada para la abolición”, dice un congresista demócrata… a quien repugna sin embargo la esclavitud. “¿Qué vendrá después?, inquiere. ¿La exigencia de igualdad? ¿El derecho de voto para las mujeres?”“Tampoco estamos preparados para la paz, le replica Lincoln, y sin embargo…”. Ese es el Lincoln revolucionario, leninista “avant la lettre”: hay una ruptura en el continuum del tiempo, se presenta una “ventana de oportunidad” histórica. Lo que antes no era posible, lo deviene durante un breve lapso de tiempo, pero la ocasión puede malograrse por falta de determinación. Un acto decisivo puede cambiar el destino de varias generaciones. Y esa dimensión la capta Lincoln: “No se trata sólo de algunos millones de negros que sufren hoy bajo el látigo y las cadenas; se trata de la suerte de los millones y millones que vendrán después”. No hay garantías acerca de la futura convivencia, nadie puede adelantar a qué dificultades tendrá que enfrentarse la sociedad. Pero el demócrata revolucionario no puede detenerse, presa del vértigo de la historia: se presenta la oportunidad de forzar sus puertas, dejando atrás siglos de opresión y barbarie. No le cabe esperar que todo el mundo lo vea claro, ni siquiera los suyos. Hay que dar el salto, generar el acontecimiento que no permita marcha atrás; insertar aquello que es posible en una sociedad – porque las condiciones han madurado lo suficiente para ello -, pero que no surgirá espontáneamente y por descontado de ella como resultado de una lógica evolución. Es, por antonomasia, la intervención de la política, decidida, voluntarista y oportuna, la que da a la sociedad el empujón necesario para que siga evolucionando en un determinado sentido: la Constitución de los Estados Unidos proclama solemnemente que nadie puede poseer esclavos, obligando al legislador y al Gobierno a hacer efectivo ese principio, grabado en mármol a partir de entonces en el ordenamiento jurídico de la nación.

Por supuesto, sabemos lo que ocurrió después. Lincoln fue asesinado. El programa de reparto de tierras propugnado por el ala más radical del Partido Republicano jamás se realizó. Hubo que esperar casi cien años para la llegada de los derechos civiles y, hoy, bajo el gobierno de un presidente afroamericano, la población negra americana vive aún sumida en la desigualdad y la injusticia. Eso no resta valor alguno al hecho revolucionario de la abolición de la esclavitud: escrita con la sangre vertida en una larga contienda, la decimotercera enmienda fue decisiva para la construcción de la conciencia democrática de la humanidad. Cualquier paso hacia la emancipación efectiva, cualquier lucha progresista, parten y partirán de esa cota de civilización tan duramente alcanzada.

Inacabable debate acerca del papel del individuo en la historia. La esclavitud estaba condenada, sepultada bajo los escombros de la guerra civil americana. Hizo falta, sin embargo, la voluntad de Lincoln para abolirla.

La prostitución, esclavitud del siglo XXI

En tiempos de aquella segunda revolución americana, cuatro millones de personas afroamericanas vivían esclavizadas por los hacendados sureños. Bajo el capitalismo globalizado de nuestro siglo, más de cuatro millones de mujeres y niñas son traficadas cada año en el mundo con finalidad de prostitución. El negocio generado por la explotación sexual de seres humanos se sitúa al mismo nivel, cuando no lo rebasa en volumen, que el tráfico de armas, las drogas o el petróleo. Tras esas fabulosas ganancias, hay un inmenso reguero de sufrimiento humano, singularmente femenino e infantil. Pero, sobre todo, la inducción de un modelo de sociedad, desigual y violenta para la mujer. Una sociedad en que la mujer es susceptible de ser objetivada, deshumanizada y convertida en mercancía, no es una sociedad democrática. O lo es tanto como aquella joven democracia americana en cuyo seno medraba el esclavismo.

Desde ese punto de vista – el del modelo de sociedad -, la analogía entre esclavitud y prostitución, una comparación que irrita sobremanera al lobby de los defensores del “trabajo sexual”, resulta pertinente e insoslayable. Las tediosas discusiones acerca de la “prostitución libre” o la “forzada”, o las elaboradas diferenciaciones entre trata y prostitución, carecen de sentido bajo esa óptica. Hay trata porque hay prostitución, del mismo modo que había tráfico de esclavos porque había esclavitud: las mercancías deben llegar hasta sus compradores. Y la actitud democrática ante la esclavitud se basa en el rechazo a un estatuto degradante para la dignidad humana, no en la percepción que cada esclavo tuviese individualmente acerca de su condición. El pensamiento postmoderno nos incitaría a distinguir entre el jacobino haitiano y el Tío Tom… para llegar a la brillante conclusión de que “hay esclavitudes, y no esclavitud”, y que por lo tanto no cabe adoptar una posición abolicionista general y tajante. Que nadie vea en esto una exageración polémica: el siglo XIX tuvo también sus “postmodernos”, partidarios de un trato más amable hacia los esclavos, como el colonialismo tuvo a sus mentores paternalistas.

Mal que les pese a algunos pedantes, el debate sobre la prostitución adquiere todo su sentido cuando se aborda a la manera de Lincoln. “No sólo se trata de las mujeres y niñas que hoy son violentadas, sino de los millones y millones que seguirán su destino”. “No hay democracia con prostitución”. En una sociedad que admita la prostitución como algo normalizado, la mujer nunca será la igual del hombre, por mucho que sus leyes proclamen lo contrario y por más que algunos hombres de izquierdas declinen el plural en femenino. Habrá mujeres prostituidas… y el resto; es decir, aquellas cuyo precio no ha sido determinado, pero que nada esencial, ninguna particularidad relevante desde el punto de vista de su entidad humana, distingue de las primeras.

Las maltrechas democracias europeas necesitan su decimotercera enmienda. Una que proclame que “ningún hombre tiene derecho a comprar a una mujer o a acceder a su cuerpo mediante dinero o amenazas”, porque ello certifica el privilegio intolerable de una mitad de la sociedad sobre la otra, porque semejante desigualdad es fuente de violencias, opresión y vejaciones sobre un número incalculable de mujeres, porque suspende una amenazadora espada de Damocles sobre la dignidad, derechos y aspiraciones de todas ellas. En medio de la crisis sistémica que vivimos, no se trata de un debate académico, sino de una angustiosa realidad social. ¡Qué cansancio produce ya el mantra de quienes nos hablan de “un trabajo como otro” o de que “todo trabajo conlleva explotación” y que, en todo caso, se trataría de regular derechos laborales! La “pequeña diferencia” entre la esclavitud de las plantaciones y la esclavitud asalariada – al fin y al cabo, dos formas de explotación capitalista del trabajo – se dirimió con ríos de sangre y conmovió los cimientos de una nación y del mundo entero. No es menor la diferencia entre la condición de la trabajadora, por precaria que sea su situación laboral, y la mujer prostituida, objetivada, sistemáticamente desposeída de condición humana.

Otros paralelismos vienen a nuestra mente. “Nuestra sociedad no está madura para la abolición de la prostitución. Además, el fenómeno ha adquirido tales proporciones… Lo que ha sido posible en Suecia a nivel legislativo – y en cuanto a ciertos resultados significativos por lo que respecta al retroceso de la prostitución – sería impensable en España… Es necesaria una larga labor para cambiar las mentalidades…” Por supuesto, es necesario un debate social en profundidad acerca de la prostitución. (Un debate que en realidad sólo promueven las corrientes abolicionistas: para el campo adverso, se trata de adecuar el orden natural de las cosas y, como mucho, encargar a la policía que persiga las formas más brutales de trata). Pero, allí donde algunas y algunos ven las razones objetivas de una “larga (y resignada) marcha”, otras vemos la señal inequívoca de una emergencia social. La prostitución no es un problema colateral. Por su amplitud y su calado deviene, en medio de nuestra actual crisis de civilización, piedra de toque de la decadencia o la regeneración de la democracia política. Con tanta mayor fuerza en el Estado español, colapsado su modelo económico y sumido en una profunda crisis institucional. Nuestro destino está en disputa y el abordaje que hagamos de la prostitución jugará un papel determinante en la ineluctable transformación de nuestras sociedades: en un sentido humanista y solidario o, por el contrario, regresivo, hacia una violenta atomización. La prostitución – y las expansivas industrias del sexo -, paradigma de la simbiosis entre capitalismo y patriarcado, serán los indicadores más fiables de esa disyuntiva, pero también tendrán peso propio para hacer bascular las sociedades hacia un lado o hacia otro.

En los distintos países europeos, el proceso será complejo y conflictivo. No lo decidirá la calidad argumental, ni la capacidad persuasiva o la simple pedagogía del abolicionismo. Se trata de un conflicto de poderosos intereses materiales que interpela a lo más profundo de la desigualdad estructural de nuestras sociedades patriarcales. La prostitución es un privilegio masculino. A lo largo de la historia, ningún estamento dominante ha cedido sus posiciones ante la razón, sino ante una correlación de fuerzas capaz de descabalgarlo. Debemos, pues, trabajar para agrupar esas fuerzas y pesar sobre los acontecimientos. Habrá que crear, necesariamente de modo transversal, un lobby abolicionista feminista cuyas – y cuyos – activistas trabajen conjuntamente y se refuercen mutuamente para influir en sus respectivos sindicatos, movimientos y asociaciones, partidos políticos. De tal modo que, allí donde sea posible y en cuanto sea factible, se promulguen leyes de inspiración abolicionista. Cuanto más avanzadas sean en el diseño de programas sociales de prevención y de apoyo a las mujeres en situación de prostitución, mejor. Cuanto más implacables en la lucha contra la explotación sexual, atreviéndose a confiscar los bienes de traficantes y proxenetas, más eficaces. Y cuanto más claras por lo que respecta a lo ilegítimo – y, por lo tanto, condenable y merecedor de sanción – de la compra de favores sexuales, más certeramente dirigidas al corazón del problema, al privilegio ancestral que es necesario erradicar. Es preciso subrayarlo una vez más: se trata de una lucha internacional y, singularmente, europea. No habrá abolicionismo triunfante “en un solo país”. La educación es decisiva. Pero también cambios jurídicos fundamentales que marquen el rumbo de la sociedad. Prepararlos, propiciarlos y hacerlos posibles es nuestra tarea militante.

Lincoln cabalga todavía a través de asolados campos de batalla, con el corazón henchido de empatía hacia quienes sufren y se rebelan contra la injusticia. El relato de aquellos días cruciales de enero de 1865 nos dice que distintas mujeres acompañaron a Lincoln en su combate contra la esclavitud: su esposa, que le exigía vencer para que su hijo no muriera en la guerra; su sirvienta negra, que ya había entregado la vida del suyo; el ama de llaves y amante del congresista radical Thaddeus Stevens, que tomó en sus manos el documento de la triunfante enmienda, sabiendo que llegaba demasiado tarde para cambiar su vida, pero que era portadora de esperanza para las generaciones que habían de venir… El viejo presidente americano cumplió con su tiempo. Ahora nos toca a nosotras tomar el relevo de aquellas mujeres, de sus sueños inacabados.

(*) http://blogs.publico.es/dominiopublico/6405/lo-que-la-pelicula-lincoln-no-dice-sobre-lincoln/

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